miércoles, mayo 17, 2017

Insectos y Hecatombes (entrevista a Xavier Sistach)

Xavier Sistach
El ser humano ha logrado aislarse en gran medida de su medio ecológico. A través de la generalmente amable interfaz de la sociedad que hemos creado -nuestra suprema adaptación- nos relacionamos con el sistema operativo de la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades. Por supuesto la adaptación no es perfecta, es un acuerdo de compromiso entre nuestros diversos instintos y los de los demás que conlleva asumir elevados costes, desde la destrucción a largo plazo del medio natural hasta la inhibición o represión de algunos de nuestros impulsos más perentorios, pero la alternativa resulta....brutal, sucia, desagradable y corta.  
 
Los seres vivos hacen una bonita postal en los documentales de sobremesa. Vemos al guepardo persiguiendo a la gacela en rápida carrera, una carrera que refleja la que estos dos actores evolutivos y otros muchos de su estilo realizaron a lo largo de millones de años para cazar y evitar se cazados. Los depredadores y las presas nos fascinan en su lucha por la existencia, y pareciera que una vez apagada la televisión o habiendo sido arrebatados por los brazos de Morfeo en nuestra plácida posición horizontal sobre el sillón, dicha lucha se esfumase, la evolución misma se esfumase, y todo volviese a ser humano, demasiado humano....las cuentas del banco, los compañeros del trabajo, el recibo de la luz, el recorrido en coche de un punto a otro, la cerveza bien fría de la taberna, la música de nuestro grupo favorito, las notas del niño.....o su partido de fútbol. Por supuesto se hace imprescindible comprender todas nuestras cosas a la luz de la evolución, para tener una compresión cabal de ellas, pero resulta difícil relacionar los hábitos, construcciones e instituciones de nuestras culturas con la fisiología, la necesidad y los instintos naturales que están en su orígenes y constituyen la fuente de la que manan inadvertidamente.
 
Estamos tan alejados de nuestros orígenes en nuestra cotidianidad y a un tiempo tan cerca en nuestras reacciones que, cuando escuchamos el zumbido de un insecto en la oscuridad de nuestra habitación de noche entramos en pánico. ¡Pero no es para menos! Nuestra alerta no es injustificada desde la perspectiva histórica de la vida. Un pequeño mosquito podría chuparnos la sangre y, al hacerlo, sin pretenderlo, dejar paso a nuestro interior a algún parásito peligroso. No es un tigre de dientes de sable ni un oso cavernario, ni siquiera un perro rabioso, no es exactamente un depredador, pero con su tímido zumbido podría anunciarnos una larga enfermedad y la muerte.
 
A pesar del progreso de la civilización y del empuje de la sociedad y la cultura humanas contra y sobre el medio hostil, durante milenios hemos seguido siendo víctimas del ataque de otros organismos en la gran orgía de sangre de la vida...y hemos caído por cientos de millones. ¿Pero cómo? ¿No es el hombre el único lobo para el hombre?  Sin duda podría parecer así, y así lo atestigua la historia de la violencia en nuestra especie. Pero la gran orgía de sangre también tiene pequeños comensales, los artrópodos (sobre todo insectos) hematófagos. Esos pequeños vampiros nos han estado chupando la sangre desde el origen de los tiempos, y antes de extraerla de nosotros, como hábiles prospectores de "oro rojo", se la extrajeron a otras especies, porque en esto no somos más que una fuente de recursos más, una erguida orgullosa sobre sus cuartos traseros y que emite sonidos vocales con significados compartidos, pero con una fisiología muy similar a la de cualquier mamífero de los que llevan habitando la tierra desde hace decenas de millones de años.
  
Pulgas, piojos, mosquitos, moscas, chinches, garrapatas....bichos pequeños, algunos muy pequeños, nos picaban cuando éramos cazadores-recolectores, luego cuando fuimos agricultores y ganaderos y después cuando hemos sido artesanos, profesionales y gestores del conocimiento o gurús del marketing....y siguen haciéndolo, a la menor oportunidad. Entran en nuestros hogares, esquivan nuestras defensas, aprovechan nuestros descuidos y nuestros reposos.....y beben de nuestra sangre.
 
Documentar la historia de nuestra relación con estos pequeños parásitos que hacen pillaje en las fronteras externas de nuestra piel y son vectores de parásitos aún más pequeños que penetran en lo más profundo de nuestras entrañas no es una tarea fácil, si uno aspira a ser exhaustivo. Por ello el brillante narrador de la Historia Natural Antigua de los Insectos, el entomólogo Xavier Sistach, ha tenido que escribir largo y tendido cerca de dos mil páginas para poder explicar ese matrimonio tan mal avenido de nuestra especie con las especies que nos utilizan de surtidores de oro rojo.
 
Insectos y Hecatombes es la historia dentro de la Historia de esta nuestra particular relación con nuestros chupópteros. Publicada originalmente en dos tomos por RBA, está ahora disponible en la web del propio Xavier , desde la que puede descargarse. También en ella ha puesto el autor a disposición de todo aquel que lo desee su obra anterior, Bandas, Enjambres y Devastación, que trata de las plagas de langosta que han arrasado nuestras cosechas desde que nos asentamos para cultivar la tierra en lugar de hollarla con nuestros hasta entonces nómadas pasos.
 
Xavier Sistach ha tenido la amabilidad de respondernos en profundidad unas preguntas.  
 

1.-  ¿Cómo podría verse la relación a tres entre humanos, artrópodos hematófagos y los parásitos que transmiten a la luz de la evolución?
 
Se cree que la vida apareció hace unos 3.500 millones de años, cuando surgieron los primeros organismos unicelulares, bacterias, algas y hongos. Hace aproximadamente 1.500 m.a, algunas bacterias ya habrían solucionado el problema de su supervivencia y establecieron relaciones simbióticas a nivel celular con bacterias aeróbicas. A partir de aquel momento, los ciclos evolutivos fueron constantes y los diferentes grupos de organismos tuvieron que adaptarse no solo al ambiente sino también a las condiciones impuestas por la presencia simultánea de otros organismos. Todos se originaron como seres de vida libre e independiente pero fueron obligados a competir entre sí para su existencia. Solo aquellos que desarrollaron ajustes y adaptaciones satisfactorias fueron capaces de sobrevivir.



Es muy importante tener en consideración que se produjeron hasta cinco extinciones en masa (finales de los períodos Ordovícico, Devónico, Pérmico, Triásico y Cretácico), cuando desaparecieron en cada una de ellas entre el 70-95% de especies vivas. Esto constituyó un fenómeno indiscutible que interrumpió el gradualismo darwiniano y tuvo efectos sobre el curso mayor de la evolución, sobre el cual el azar tiene un peso decisivo tanto en la desaparición de especies viejas como en la aparición de otras nuevas; y debe tenerse en cuenta  que las grandes innovaciones ocurren siempre después de las grandes extinciones.

Según la concepción tradicional darwiniana, todo el mundo estaría enfrentado: el proyecto superior tiende a la victoria y el inferior al olvido; sin embargo, se ha demostrado que entre las especies extinguidas no había ninguna relación entre superiores e inferiores, y que simplemente fue el azar el que permitió la supervivencia de algunos de ellos. Si se repitiera la explosión de vida del período Cámbrico, el teatro ecológico actual sería probablemente parecido. No obstante, los actores serían completamente distintos, teniendo en cuenta que la vida ha ido siempre de lo simple a lo complejo, y que donde durante millones de años hubo solo seres unicelulares, hoy en día existen gran número de especies pluricelulares.

Para llegar a los orígenes del hombre, habría que remontarse a la explosión cámbrica, cuando aparecieron singulares invertebrados marinos, entre ellos un cefalocordado muy pequeño, bautizado con el nombre genérico de Pikaia. Probablemente este fue el fundador del filo de los cordados, que comprende a todos los vertebrados posteriores y, por tanto, también al Homo sapiens sapiens, este con una antigüedad aproximada de 150.000 años. Actualmente, el hombre es la especie dominante de la Tierra, pero no como consecuencia de una antigua superioridad sino como superviviente afortunado de las convulsiones catastróficas del pasado, empezando porque Pikaia se salvó de la extinción subsiguiente a la explosión cámbrica.

Por tanto, para llegar hasta el hombre desde Pikaia, han tenido que darse una larga serie de casualidades afortunadas; la probabilidad que se den todas ellas es el producto de la probabilidad que se dé cada una independientemente, y es cada vez más reducida. Y además, todo debería haberse producido en un orden determinado, con lo cual se llegaría a una probabilidad todavía menor, remota sin duda si la valoramos en todo su conjunto.
 
Parece ser que pulgas, piojos y mosquitos evolucionaron de sus ancestros durante la parte tardía del Jurásico, o quizás a principios del Cretácico, entre 100-150 millones de años atrás; y a partir de aquel momento coevolucionaron, por una parte con microorganismos como bacterias, virus, protozoos y gusanos, y por otro lado con sus huéspedes vertebrados, de quienes se alimentaban, ingiriendo sangre o de otro modo. Mucho más tarde apareció el hombre, y de una manera u otra se interpuso en el camino de insectos y microorganismos que ya llevaban millones de años conviviendo.
 
Algunos microorganismos provocan enfermedad en el hombre, otros no. Pero tanto los patógenos como sus insectos asociados se adaptan a las condiciones y tratan de sobrevivir. La relación con el hombre es reciente y por eso existen algunos casos que resultan fatales, pues no ha habido tiempo suficiente para adaptarse sin perjudicar a su huésped. A ellos tampoco les interesa que su huésped final, el hombre, enferme y muera, ellos mueren también. Es fundamental entender que la virulencia del patógeno es variable; y esto, combinado con la resistencia del huésped, es lo que provoca una mayor o menor afectación del mismo. Hay que tener en cuenta que ninguna enfermedad epidémica ha matado al total de la población, y que sin muerte no existiría evolución en la Tierra.
 
2.- ¿Cuáles son los momentos clave de la Historia en nuestra relación sobre la cuerda floja con nuestros parásitos?
El hombre ha sufrido frecuentes fenómenos catastróficos a lo largo de la historia, sin contar las guerras, como inundaciones, maremotos, huracanes, terremotos, explosiones volcánicas y otros desastres naturales. Sin embargo, se considera que la única catástrofe de los tiempos históricos que pudo representar un riesgo real de extinción para la especie humana fue la brutal epidemia de peste negra del siglo XIV, que produjo unos 25 millones de muertos en Europa. Actualmente, los historiadores creen que el porcentaje total de mortalidad causado por esta enfermedad debería situarse entre el 30%-50%, y probablemente la población mundial pasó de 450 millones de habitantes a muchos menos de 350. Se estima que incluyendo las regiones del este, la India y la China, la “muerte negra” podría haber matado, al menos, a unos 75.000.000 de personas. África habría perdido alrededor de un octavo de su población, y habría pasado de 80 a 70 millones de habitantes. Hay autores que aumentan la cifra total de muertos hasta los 200 millones.
De acuerdo con la escala de Foster, que mide la magnitud de los desastres humanos, y es parecida a la de Richter para los terremotos, la peste negra se habría convertido en la segunda catástrofe más grande de la humanidad, y habría alcanzado los 10,9 grados en esta escala. Solo sería superada por la Segunda Guerra Mundial, que produjo una gran mortandad, alrededor de 62.000.000, a lo que debe añadirse destrucción física y sufrimiento emocional, y alcanzaría 11,1 grados en esta escala. En tercera posición se situaría la Primera Guerra Mundial, que produjo unos 8.000.000 de muertos y alcanzó los 10,5 grados. Curiosamente, en estos dos conflictos bélicos tuvo un papel muy importante otra de las grandes enfermedades que ha afectado al hombre y es transmitida por insectos, en este caso los piojos: el tifus epidémico o exantemático. En la Primera Guerra Mundial se estima que murieron más de 3.000.000 de personas por esta causa, y 1.000.000 en la Segunda Guerra Mundia, fundamentalmente en los campos de concentración nazis.
 
La llamada peste negra ha sido la peor epidemia de toda la historia. Pero no ha sido la única, ni mucho menos, las pestilencias se fueron sucediendo por toda Europa y Asia durante mucho siglos y las devastaciones fueron espectaculares. También deberían contemplarse las numerosas epidemias de tifus y de fiebre amarilla; pero actualmente, el mayor peligro lo causa el paludismo, que cada año mata alrededor de un millón de personas, fundamentalmente en África. Se dice que peste y tifus han matado a más personas que todas las guerras juntas, y está aceptado que el paludismo ha matado a más personas que peste y tifus.
 
3.- ¿Qué fuerzas históricas y qué determinantes biogeográficos se encuentran detrás del carácter y denominación “tropical” de la mayor parte de las enfermedades con artrópodos vectores?
Hace alrededor de 3.000 millones de años se empezaron a formar las masas continentales, y unos 900 m.a atrás, estas se unieron formando el primer supercontinente, Rodinia, que luego se escindió para posteriormente formar un único continente, Pangea, constituido por dos grandes porciones, Laurasia al norte y Gondwana al sur, y rodeado todo él por un único océano llamado Panthalasa.

 


A partir de aquel momento, según desarrolló Alfred Wegener en su teoría de la deriva continental, todos los continentes actuales se habrían desplazado de sur a norte antes de fragmentarse en los territorios actuales, que siguen moviéndose como barcos a la deriva. Gondwana se situó al sur del ecuador y se fue disgregando hasta convertirse en las actuales Australia, Antártida, India, África y América del Sur, que quedó aislada en la inmensidad del océano durante ochenta millones de años. Laurasia, que comprendía América del Norte y Europa, comenzó a tomar forma en el hemisferio norte.

Las especies vivas estuvieron sujetas a estos movimientos continentales, que separaban a las unas de las otras, y su evolución se hizo de manera independiente en cada porción de tierra; pero es innegable que cada una de ellas partía de troncos comunes; y es por esta razón que, actualmente, se encuentran especies animales (insectos y microorganismos incluidos) en distintos continentes que se asemejan de manera extraordinaria, pues pertenecen a los mismo filos o tipos de organización de las categorías taxonómicas.
Durante el Carbonífero, el clima tropical era mayoritario en gran parte de la tierra y enormes extensiones fueron cubiertas por densos bosques de plantas, sobre todo helechos, lo cual creó un ambiente muy rico en oxígeno. Aparecieron los vertebrados con cuatro extremidades, los reptiles, muy similares a los mamíferos, y también se encuentran fósiles con los primeros insectos con alas, que evolucionaron de las placas acorazadas que protegían la parte superior de sus cuerpos vulnerables, y eran útiles para planear al estilo de las langostas, convirtiéndose finalmente en poderosos mecanismos de vuelo. Por tanto, no es de extrañar que actualmente la mayor diversidad de especies se encuentre en las zonas tropicales del planeta, las que más favorecen su existencia y su diversidad.
Existen enfermedades que, de alguna manera, han llegado al hombre sin que este hiciera nada por encontrarlas, podría ser el caso de la peste, del tifus epidémico o de la fiebre tifoidea, transmitidas por la pulga, el piojo y la mosca doméstica. Y existen otras enfermedades, todas ellas tropicales, que sin duda han afectado al hombre, me refiero exactamente al hombre blanco, porque este fue a buscarlas durante la época de los descubrimiento y colonizaciones, de las conquistas en definitiva. No en vano, África fue llamada la "tumba del hombre blanco", y quizás por las enfermedades que contraía sin excepción (hay también otros motivos), fue el continente explorado más tardíamente.

El origen de la fiebre amarilla es africano y parece ser que el virus se originó en este continente hará unos 3.000 años, de donde pasó a América hacia el año 1500, al menos en su forma urbana, debido al transporte de esclavos africanos por parte de portugueses y españoles (la forma selvática podría ser precolombina). El origen del paludismo es también africano, aunque su antigüedad es mayor, más de 30.000 años. Y desde ahí se extendió por toda Europa y toda Asia. Sin embargo, llegó a América por dos vías diferentes: en el caso de Plasmodium vivax, a través de los conquistadores españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses; y en el caso de Plasmodium falciparum, igual que ocurriera con la fiebre amarilla, mediante los esclavos africanos.

4.- En el pasado tuvimos “insectos y hecatombes” y “bandas, enjambres y devastación”. ¿Cree que las cosas han cambiado en la higiene, la medicina y la agricultura de modo que podamos mirar al futuro con mayor optimismo?

Efectivamente, y a pesar de que las enfermedades transmitidas por insectos afectan a millones de personas y mueren centenares de miles por su causa, vivimos en el mejor momento de la historia, pues los avances tecnológicos permiten luchar contra los parásitos desde diversos frentes. También es cierto que hay casos en que el insecto y el patógeno consiguen esquivar nuestras defensas, como sucede con el paludismo: el mosquito se hace resistente al insecticida y el plasmodio al fármaco. Sin embargo, el avance es notorio y el balance es positivo a nuestros intereses.


Actualmente, el cambio climático tan discutido, sería un problema importante para el ser humano, pero no la causa de su extinción, si tenemos en cuenta que el hombre primitivo, reducido en número y mucho más dependiente del clima que el hombre moderno, superó variaciones climáticas de mayor importancia que los presumibles en un futuro cercano.

La lucha sin cuartel, sin duda, debe llevarse a cabo en los países tropicales, es donde proliferan la mayoría de enfermedades y donde las condiciones sobre el terreno son más dificultosas, tanto a nivel climático como social y político. En las zonas frías del planeta el problema es mucho menor, por no decir marginal. Es cierto que muchas especies de insectos transmisores de enfermedades siguen viviendo en su hábitat natural, como sería el caso del mosquito Anopheles en toda Europa. En este continente se sufrieron grandes epidemias de paludismo a lo largo de la historia, y en cambio ahora está prácticamente erradicada la enfermedad y tan solo se producen algunos casos autóctonos de manera extraordinaria.

La adaptación a nuestro nicho ecológico de otros insectos “peligrosos”, de ámbito tropical, es posible, y de hecho así sucede; sin embargo, para que se produzca la transmisión de la enfermedad debe existir el patógeno y que este prolifere para causar epidemias, lo cual no ha ocurrido hasta el momento. No parece posible que una vez detectado un caso, aislado y medicado el paciente, y tratada químicamente la zona afectada, puedan proliferar patógeno y vector y conseguir ampliar su transmisión.      

En cambio, la superpoblación, un problema generado por el propio hombre, sí es una seria amenaza: en el año 6.000 aC. se estima que la población humana ascendía a unos 10 millones; a finales del siglo XV, unos 500 millones; a finales de la Primera Guerra Mundial, 2.000 millones; actualmente, 7.000 millones, y según las previsiones más optimistas de la ONU, unos 10.000 millones para el año 2050. Se trata de un crecimiento exponencial que no es sostenible y que por tanto no puede continuar.  Nos encontramos peligrosamente cerca de los límites tecnológicos que podemos alcanzar para alimentar a todos los habitantes de la Tierra. No hay revolución verde, esquema de irrigación de los desiertos ni criaderos de peces que puedan satisfacer las necesidades de semejante crecimiento expansivo.

Hoy en día, el hombre es la especie dominante en la Tierra, con una masa total de protoplasma mayor que la de cualquier otra del reino animal y las posibilidades de extinción existen, aunque estoy convencido que su origen no tendría relación con los insectos y patógenos que conocemos en la actualidad. La causa más bien deberíamos buscarla en algo desconocido o, más probable, ideado y creado por el propio hombre con este fin. No debemos olvidar que muchos conflictos bélicos han originado, precisamente, grandes epidemias, sobre todo de peste y tifus, pero también de paludismo, fiebre amarilla o dengue, siendo el vector de estas últimas el mosquito, capaz de transmitir hasta una cuarentena de enfermedades diversas. De todas maneras, si contemplamos el curso de la vida sobre la Tierra, el destino biológico final de la especie humana sería también la extinción.


5.- Hay cientos de miles de especies de artrópodos que no destruyen las cosechas, ni nos parasitan ni transmiten enfermedad alguna, pero sin embargo los humanos hemos desarrollado lo que podría considerarse como un asco innato o fácilmente adquirible por los “bichos”, muchos de los cuales no solamente son inofensivos para nosotros sino que además resultan buenos para nuestro medio ecológico. Pero distinguirlos no es fácil. ¿No estaremos matando “moscas a cañonazos”? ¿Puede el avance en el conocimiento científico ayudarnos a tener una mejor comprensión y una relación más sostenible con los demás seres vivos?


Existen alrededor de un millón de especies de insectos clasificadas, y se supone que pueden existir más de veinticinco millones en total. En el hombre, excepto para algunas mariposas vistosas y unos pocos escarabajos de formas extrañas y colores eléctricos, los insectos han provocado habitualmente repulsión y asco. Quizás sea por las costumbres hematófagas de algunos de ellos, y también porque sus formas, hábitats o hábitos son las más alejadas del género humano, nos producen gran extrañeza y no encontramos demasiados puntos comunes.

Desde los principios del ser humano las pulgas, piojos, moscas o mosquitos fueron considerados perjudiciales o directamente malignos, y aparecen así en la Biblia y en los tratados clásicos, desde griegos y romanos hasta la época medieval cristiana o musulmana. A partir del Renacimiento y sobre todo desde la invención del microscopio (siglo XVII) empiezan a ser estudiados con mayor detalle, se siente curiosidad por ellos y de alguna manera se los rehabilita. Pero a finales del siglo XIX, cuando  se descubrió su papel como parásitos vectores de patógenos, la repulsión y el asco se transformaron directamente en miedo y pánico.      

Para luchar contra estos insectos, alejarlos o matarlos, se han ideado infinidad de productos, y sin duda el más letal fue el DDT. Sin embargo, debido a su gran bioconcentración y persistencia y a sus efectos letales sobre distintas especies que se insertan en la cadena alimentaria de otros animales, su uso fue prohibido en la década de 1970. Actualmente solo se utiliza en países con economías pobres debido a su bajo coste.

Aparte de utilizarse diversos compuestos del grupo de los organosfoforados, organoclorados o carbamatos, en las últimas décadas han aparecido en el mercado muchos productos sintéticos parecidos a las piretrinas, llamados simplemente piretroides. Comparten modos de acción similares a los del DDT, aunque el efecto estimulante es mucho más pronunciado, se degrada rápidamente en el ambiente y a menudo se aplica en concentraciones muy bajas.
De todas maneras, y por terrible que parezca, la relación sostenible con los demás seres vivos no es prioritaria mientras estos insectos vectores sigan transmitiendo a sus patógenos asociados. Probablemente, hasta que no se erradiquen estas enfermedades no podrá plantearse una relación sostenible de manera decidida.   

6.- ¿Qué es lo que encuentra más fascinante en el diseño biológico de nuestros íntimos enemigos transmisores de enfermedad del Fílum de los artrópodos: pulgas, moscas, mosquitos, piojos, chinches, garrapatas...? ¿Qué cree que hace, en general, tan interesantes a estos organismos a los ojos de un biólogo o entomólogo profesional o aficionado?

Estos artrópodos transmisores de enfermedades simplemente se amoldan a las condiciones y tratan de sobrevivir, no son conscientes de su papel. Pero me sorprende la manera tan perfeccionada y a la vez tan complicada como se han adaptado para conseguir su objetivo; por eso el hombre tardó siglos en comprender cuál era el proceso y qué actores estaban implicados. Pero quizá si los investigadores occidentales hubieran prestado más atención a los tratados antiguos aparecidos en la India, China, en el mundo griego, romano y también azteca o maya, donde el vector quedaba claramente identificado, se habría podido luchar contra ellos desde mucho antes.



Pero lo que a mí me resulta realmente fascinante son los nombres científicos que los naturalistas del siglo XVIII y XIX (Linné el primero) pusieron a los insectos y a todas las especies animales por extensión. Estos nombres extraños en griego y fundamentalmente en latín, que  generalmente ignoramos su significado, ofrecen una información muy precisa sobre la especie que designan. Y toda la sistemática asociada para agrupar a todos los individuos vivos en especies, géneros, familias, órdenes, clases, etc. En resumen, la ordenación del mundo animal para ser comprendido por nuestra mente humana.    

7.- ¿En qué está trabajando en estos momentos?

Una editorial me ha encargado un trabajo de síntesis sobre los dos volúmenes de “Insectos y Hecatombes” y los estoy resumiendo. Se trataría de publicar “los momentos estelares”, artículos breves sobre los distintos temas que se abordan en la obra y que pueda tener una difusión más comercial: las epidemias más notables, el descubrimiento de los patógenos y de los insectos vectores, curiosidades sobre estos insectos y una descripción breve de las enfermedades transmitidas y su epidemiología. De alguna manera, el objetivo del libro será plasmar la idea de que el conocimiento progresivo del hombre, a lo largo de los siglos, ha permitido descubrir qué eran estas enfermedades, quién las producía, y a partir de ahí, luchar contra ellas: bien para evitarlas, bien para amortiguar sus efectos. Pero en ningún caso se ha conseguido su erradicación completa, al menos hasta el momento actual.    



 

martes, mayo 16, 2017

Cuestión de je je je....genes....

En el documental "Cuestión de Genes", que pusieron la pasada semana la 2 de RTVE, escuché por primera vez en mi vida –o eso me pareció- la expresión “el mito del gen”. Durante el transcurso del metraje aparecían personajes notables de la ciencia como James Watson, el codescubridor de la estructura de la molécula del ADN, o Edward O. Wilson y Richard Dawkins, prestigiosos biólogos evolucionistas, junto con otros científicos sociales con contribuciones menos relevantes a la ciencia como Charles Murray (entrevistado en su día aquí), coautor de The Bell Curve, o el economista y durante un tiempo rector de Harvard Lawrence Summers. ¿Qué tenían todos ellos en común?: en mayor o menor medida se suponía que habían defendido la idea de que los genes determinan en alto grado lo que somos. Desde luego no se decía nada de que formasen parte de una conspiración en la sombra, pero se les metía a todos sutilmente en el mismo saco: a Dawkins por decir, en El Gen Egoísta, que los humanos somos, como el resto de los animales, máquinas de supervivencia que obedecen a sus genes para que estos últimos se perpetúen, a Edward O. Wilson por un par de párrafos de su libro Sobre la Naturaleza Humana en los que parecía sugerir que las mujeres tienen más predisposición a tareas domésticas rutinarias y los hombres una mayor predisposición a pensar analíticamente, a James Watson por decir que la situación de retraso económico y social en los países negros de África probablemente no pudiera explicarse solamente por la historia u otras diversas circunstancias, a Charles Murray por dar a entender, con una serie de estadísticas, que había una diferencia de coeficiente intelectual entre los WASP ricos o de la clase media y los negros y latinos de los barrios pobres en la sociedad americana y a Lawrence Summers por sugerir que la mayor presencia de hombres en las carreras de ciencias duras se debían, al menos en parte, a que a los hombres se les daban mejor las matemáticas. Todos los malos de esta película estaban correctamente retratados con las manos en la masa o, mejor dicho, con la palabra en la boca (o sobre el papel). Dawkins así retratado, parecería, a todas luces un determinista genético puro, Edward O. Wilson y Summers un dúo de "machistas integrales", James Watson un racista repulsivo, al igual que Charles Murray, que además sería un clasista defensor del status quo económico….Y uno por supuesto siente la tentación de juzgar poco benévolamente declaraciones de cierta índole que, al margen de su incorrección política, resultan ser cuando menos científicamente incorrectas....al menos sacadas debidamente de su contexto.

Pero también se siente uno tentado, al ver el documental, a considerar seriamente de qué se supone que están hablando en el mismo: en su mezcla de churras con merinas, a Dawkins, que simplemente defiende desde siempre la teoría de la selección natural darwiniana, y la importancia de los genes como transmisores de la carga hereditaria, con Summers, que no merece ser considerado especialmente relevante en este debate, y sí, si acaso, en el de la gestación del crack económico de nuestro siglo por su papel como Secretario del Tesoro de EEUU. Tampoco tiene sentido mezclar al joven James Watson que descubrió junto con Francis Crick la estructura de la molécula del ADN con el actual Watson que aborda cuestiones de una mayor complejidad como las de la evolución de las sociedades y las diferencias raciales con menor tino y diligencia. No tiene sentido mezclar a Edward O.Wilson con Charles Murray, puesto que el primero fundó la sociobiología, una respetable rama de las ciencias biológicas que estudia todas las sociedades animales y su organización, incluida la humana, mientras que el segundo se refirió exclusivamente a nuestra sociedad contemporánea y a sus desigualdades, en un plano, digamos, más superficial. Pero todos van al mismo saco….defienden un elemento mítico, sí, como lo leen, algo que no es real, algo que es exclusivamente un concepto humano sin nada material que lo soporte, ni siquiera la dichosa molécula de ADN cuya estructura dilucidaron los Premios Nobel Watson y Crick. Según argumentan en el documental primero se creó un concepto, el de gen, y solamente después se pusieron a buscarlo frenéticamente en la naturaleza para dar contenido y sentido a dicho concepto. Así que cuando acaba uno el documental, si no tiene un asidero intelectual en el concepto de gen suficientemente fuerte, que vincule al mismo con toda una serie de realidades presentes y pasadas y la capacidad de hacer montones de predicciones futuras, puede quedar con la sensación de que, en efecto, el gen es un mito, de que no hay tal cosa fuera de nuestras cabezas, que como algunos personajes en el mundo de la biología (poquísimos) han metido la pata hasta el fondo al afirmar cosas que, indebidamente interpretadas, podían ser utilizadas en su contra desde el lobby de lo políticamente correcto, o han saltado a las conclusiones con insuficiente bagaje para apoyarlas, y además los medios han hecho su trabajo de simplificación y estupidización de todo lo relativo al estudio de la herencia biológica, hablando del gen del alcoholismo, o del gen de la delincuencia, resulta que, de repente, existe una corriente de pensamiento espuria que es puro determinismo genético y cuya única finalidad es perpetuar las desigualdades sociales, el machismo, el racismo y practicar la eugenesia a escala masiva. Pero detrás de todo este bombo y platillo de los buenistas ambientalistas inventándose muñecos de paja a los que atizar para su mayor gloria no hay más que propaganda política y un ambientalismo que responde perfectamente al guión de lo que en su momento llamó Steven Pinker, en La Tabla Rasa, Teoría Estándar de las Ciencias Sociales: la mente humana, por algún extraño misterio de la evolución, no debe su funcionamiento a los genes: tus ojos son azules o negros por los genes, eres más alto o más bajo por los genes (en parte…), también serás chino o caucásico, o una mezcla, por los genes…..pero tu mente es, en gran parte, producto del ambiente. Que su funcionamiento esté relacionado con la actividad de esa pulpa gelatinosa que flota dentro del cráneo que es un conglomerado espectacular de células especializadas y llamamos cerebro (otro mito, otro concepto, supongo, si se entiende que no sea ABSOLUTAMENTE plástico), debe de ser poco importante. Uno de los platos fuertes del documental, verdaderamente indigesto para estómagos delicados con los argumentos c(rudos), es la alusión al “fracaso” del Proyecto Genoma Humano para encontrar el número de genes que se esperaban produjese una mente maravillosa como la humana (pensaban en 100.000 y eran poco más o menos 20.000; ahí aparecen Francis Collins y Craig Venter diciendo algunas tímidas bobadas: "¡Oh, chicos, no esperábamos encontrar éso!"). Al margen de lo maravillosa que sea esa mente en comparación con otras mentes animales igualmente adaptadas a sus medios, no parece que sea preciso un gran número de genes, durante el desarrollo biológico, para crear un cerebro grande y con millardos de neuronas profusamente interconectadas. No hay que ser un prodigio con las mates, un “Macho Summers” (entiéndase esto como se quiera) para saber que con un poquito de combinatoria se pueden lograr infinitas posibilidades. Con 20.000 genes hay de sobra para hacer un humano, y acaso incluso para hacer humanos más racionales que los incapaces de ver algo tan elemental, humanos que no sean tan sistemáticamente tozudos de no ver, a pesar de la abrumadora cantidad de evidencia, que la unidad biológica de la herencia, el gen, está ahí, delante de sus narices….y en sus propias narices...funcionando….haciendo que algunas cosas les huelan mal.